México presume récords automotrices, pero su éxito descansa sobre bases ajenas. Ensambla vehículos, sí, pero depende de tecnología extranjera, energía importada y decisiones tomadas en Washington. Detrás del brillo exportador hay una fragilidad estructural: el país produce mucho, pero controla poco de su verdadero destino industrial.

La verdadera debilidad de México no es solo comercial ni energética, sino tecnológica. Mientras el país siga ensamblando vehículos sin dominar la innovación, dependerá de decisiones externas para producir, exportar y competir. Una nación que no controla la tecnología de su industria estratégica tampoco controla plenamente su futuro.

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